En la mansión nadie dormía.
Las lámparas permanecían encendidas toda la noche y los pasillos olían a perfume caro, humedad y flores demasiado maduras. Las modelos entraban y salían de las habitaciones como fantasmas bien vestidos, siempre apuradas, siempre observadas.
Mi representante me encontró en el vestidor, frente al espejo.
—Esta noche viene un hombre importante —dijo mientras acomodaba el cuello de mi camisa—. Si todo sale bien, nos dará ochenta mil pesos.
Nos.
La palabra me cayó encima como una cadena.
Yo no respondí. Ella siguió hablando, como si ya hubiera aceptado.
Entonces entendí que debía escapar.
Caminé por los corredores intentando no correr. Afuera, la noche tenía un extraño color violeta. Al pasar por el patio interior vi algo que me hizo detenerme: sobre las baldosas húmedas se proyectaba una luz morada y dorada, como si el techo invisible del mundo estuviera agrietándose.
Saqué mi teléfono y tomé fotografías.
No sabía por qué, pero sentí que si no guardaba esa imagen desaparecería para siempre.
Luego escuché pasos.
El vigilante.
Corrí hasta el jardín y me escondí detrás de un arbusto. Mi respiración hacía temblar las hojas. El hombre avanzó lentamente con su linterna. La luz pasó por encima de mí. Nuestros ojos se encontraron.
Él sabía.
Yo también sabía que él sabía.
Pero el vigilante siguió caminando, fingiendo no haberme visto.
Y así me dejó ir.
Apenas estuve fuera de la mansión, comprendí exactamente qué quería hacer con mi libertad: visitar la Sagrada Familia.
No recordaba en qué ciudad estaba ni cuánto debía caminar para llegar ahí. Solo sabía que necesitaba verla.
Entonces apareció el ajolote.
Era gigantesco.
Su piel rosada brillaba bajo la noche como carne atravesada por luz. Tenía ojos antiguos y tranquilos. Descendió frente a mí sin hacer ruido y bajó la cabeza, invitándome a subir.
Cuando lo abracé sentí el frío limpio del agua profunda.
Y volamos.
La ciudad se extendía debajo de nosotros como un océano negro lleno de ventanas encendidas. A lo lejos, las torres de la iglesia crecían hacia el cielo igual que árboles de piedra.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo.
Pero el ajolote dio media vuelta antes de llegar.
Regresó a la mansión.
Desde el aire vi un pequeño trozo de queso caído junto al jardín y comprendí que volvía por eso, como si incluso las criaturas sagradas obedecieran deseos diminutos.
Entonces todo cambió.
Yo era ahora el vigilante.
Estaba parado junto a la reja cuando el ajolote apareció otra vez frente a mí. Pero ya no era un animal. Era una muchacha de cabello húmedo y ojos inmensos.
Se acercó sin decir una palabra.
Y me besó.
Al tocar sus labios caí dentro de ella.
No fue oscuridad lo que encontré, sino un espacio infinito lleno de fotografías flotando lentamente, como hojas suspendidas bajo el agua. Miles de imágenes giraban alrededor de nosotros: rostros desconocidos, habitaciones vacías, relojes detenidos, niños riendo, edificios derrumbándose, cielos violetas.
Entonces comprendí quién era ella.
No una mujer.
No un monstruo.
Una deidad.
Algo capaz de doblar el tiempo como si fuera tela.
Ella me observó con infinita tristeza.
Después comenzó a hacerse pequeña. Más y más pequeña, hasta caber en la palma de mi mano.
Y entró en mí.
Desperté dentro de un locker metálico. Estábamos allí los dos, respirando juntos en la oscuridad estrecha, compartiendo el mismo corazón.
Afuera se escucharon pasos apresurados.
La puerta se abrió.
Era mi jefa.
—La modelo escapó —dijo—. Tenemos que encontrarla.
Yo asentí sin mirarla.
Ella caminó de un lado a otro, nerviosa.
—Subiremos a la Sagrada Familia —decidió—. Desde arriba podremos ver toda la ciudad.
Sentí un vacío helado en el estómago.
Porque yo sabía dónde estaba la muchacha.
Sabía dónde había huido.
Y sabía también que, si llegábamos a la iglesia, tal vez la encontrarían.
O peor aún:
tal vez descubrirían que nunca había escapado realmente.
Que seguía escondida dentro de mí.

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