domingo, 2 de noviembre de 2025

La metafísica del corazón

 

La parte más difícil del duelo, y también su enseñanza más grande, es saber qué hacer con todo el amor que te quedó en las manos. Hay dolor no sólo por lo perdido, también por lo que quedó vivo, sin un cauce claro por donde fluir.

Duele no saber si se fue sabiéndose amado o amada por ti, porque creíste que habría más tiempo, más vida...y la derrochaste. Quisiste creer que habría más oportunidades de compartir una comida, un viaje, una risa; más oportunidades de pedir una disculpa, de besar las cicatrices. Y de pronto, se extinguieron todas.

 Jorge Bucay dice que la muerte llega a desbaratar esa ilusión infantil de que existe la eternidad, aquí, en el mundo de los vivos, de lo terrenal, de lo dolorosamente efímero. La muerte llega a desanestesiarnos, a recordarnos el filo del tiempo.

¿Por qué yo no caí en cuenta de eso a los 13 años, cuando falleció mi abuelita? ¿Por qué tuvo que venir mi pequeña Hanna a enseñarme que el tiempo le queda chico al amor, que nunca alcanza para todo lo que quisieras dar, expresar, demostrar? El amor desborda cualquier cronología, cualquier calendario. Es una fuerza que no cabe en la lógica lineal, es un río que rompe sus márgenes. 

¿Por qué no vivimos cada momento como si fuéramos a retratarlo con una cámara análoga, cuidando la luz y la oscuridad que dejamos colarse en el encuadre? Será la memoria quien revele químicamente qué tan hermosamente capturado quedó ese instante...nada más y nada menos que la memoria, lo que le da tronco y raíces a nuestra identidad. Le da rostro a nuestra historia, y pies a nuestras decisiones venideras. 

Por eso, todo lo que espero atesorar en esta vida es saber que el viaje valió la pena: que logré ser un buen recuerdo alguna vez para alguien. No sé si Hanna se fue con más fotografías análogas cuidadas por mi amor, o con fotografías digitales tomadas descuidadamente porque creí que no importaba lo mal que salieran, si de todas maneras se iban a borrar y habría más receptividad en el lente para tomar más...sólo sé que ella, y perderla a ella, me enseñó que cada latido, cada exhalación, cada huella que deja atrás el minutero, cuenta. Es una oportunidad de vivir, vivir de veras...y para mí, la única forma de realmente estar viva es trascendiendo a través del amor.  

¿Qué hago entonces con el amor que me quedó en las manos para darle a quienes ya no están físicamente hoy a mi lado? Darlo. No como quisiera, no como antes podía, pero aún puedo enviárselos en el viento, en el sonido, en mis sueños, en decisiones que honren sus enseñanzas con autocuidado y cuidado a los otros. Aún puede ser mi amor una caricia al pensamiento y con el pensamiento, deseando que estén donde estén, sepan que su existencia y su paso por mi propia vida, ha sido el milagro más bello que he experimentado. 

El milagro no es la permanencia, sino el paso: el tránsito que dejó huella. El milagro es seguir significando el amor que no se extingue, es volver al amor una forma de existencia. 


 




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