Comienzo a perdonarme.
Porque así como no responsabilizo a mis padres ni a mis abuelos por la persona que soy, no puedo seguir culpando a la adolescente ni a la joven que fui de que mi vida no sea como quisiera.
Sí, hubieron decisiones grandes, que impactaron con fuerza. Pero la verdad es que mi realidad no la construí sólo esa noche en la que opté por la decisión de la que más me arrepiento: la he construido día a día, con pequeñas y al parecer poco significativas decisiones. La estoy construyendo hoy, ahora mismo.
Me perdono.
Porque no tiene sentido seguir repasando cada herida, cada tropiezo, una y otra vez.
Porque quienes fueron mis mayores maestros de amor no querrían que yo me martirice en bucle, porque no verían mis intentos de expiación como una forma real de sanar lo que dolió. Ellos me harían ver que, sí: me equivoqué de la forma más irracional, y dañé de la forma más profunda y quizás irreparable...pero es verdad: no pude haberlo hecho de otra manera.
Hoy puedo hacerlo diferente, y esa es la única forma de honrar a quienes lastimé.
Hoy puedo actuar
no desde la necesidad; sino desde el amor.
no desde mi instinto; sino desde la lealtad y la justicia que me guían.
no desde la fantasía infantil; sino desde la imperfecta verdad.
Por eso me perdono, y abrazo a esa mujer de expectativas insaciables, con ese vacío inmenso y avidez de lo más parecido al afecto y al reconocimiento que pudiera encontrar.
Me perdono.
Porque aunque me duela el alma de ya no poder reparar lo que destruí, ni sanar a quienes herí, hoy vivo intentando e intentando ser alguien diferente a quien fui.
Porque mi pasado es raíz con espinas, pero no cadenas.
Porque camino la vida con la certeza de que soy más que mis errores.
