Dejé de ser bienvenida en todas partes, y sentí que me devoró la noche.
Mis sombras corrían detrás de mí, acechantes. Intenté colarme por ventanas para refugiarme, pero mis demonios también se proyectaban hacia dentro para aliarse con los de ellos.
Me quedé en las penumbras. Pensé que era mejor permanecer aunque sólo hubiera destellos de conexión con otros como yo.
Pero qué ironía...se seguía sintiendo un vacío frío, seguía estando lejos de todos, de todo. Seguía huyendo hacia la fantasía, fuera de mi propio cuerpo.
No fue mérito mío, quisiera decir que fui valiente...pero fue la vida. La pulsión de vida que latía en mi pecho: esa que no pudieron asfixiar, esa que no pude envenenar ni desangrar.
Sintió miedo a la muerte lenta que se gestaba, y resplandeció. Me atreví a mirar hacia afuera y me dí cuenta que no era completa oscuridad. No era todo negro, en realidad era azul.
Azul lento, pausado.
Azul silencioso.
Azul como el fondo del oceáno.
Pero azul fuerte también cuando nadas hacia la superficie.
Azul complejo, con pinceladas de muchas tonalidades.
Azul suave, como cuando el cielo se alivia de la tormenta.
Salí de Otros. Entré en mí.
Entré a mi azul oscuro, casi negro. Pero decidí observar a las bestias marinas. Y bien se ha dicho: "Tenemos mucho que aprender de las bestias".
Aprendí a respirar bajo el agua, saboreé la sal consciente de que no sería agradable.
Y encendí mi luz. Esa que creí que era un mito, que no existía.
Es cálida, sin quemar. El frío se fue.
Alumbra todos los espacios mostrando esquinas vacías, y mostrando arrecifes que no sabía que eran tan bellos.
Miro aletas y escamas de inmensa variedad de colores, y cada día aprendo poco a poco a nadar a mi manera. No tengo que ser como ninguno, puedo simplemente ser yo: puedo sobrellevar la marea.
Me volví sirena, pero no canto para atraer hombres a los que devorar en un intento de obtener un alma. Recuperé mi alma y canto al amor, canto apasionadamente desafinada para mí.
Todo lo que estuve buscando está aquí, conmigo. No necesitaba encajar, necesitaba pertenecer. Y hasta que sea el momento, me pertenezco a mí.
Con rastro de heridas en mi piel por descuido o violencia, pero las cicatrices son ahora mi guía y mi cuerpo es mío. No es una moneda de cambio para ninguna otra cosa, es un tesoro en sí que agradezco todos los días.
Agradezco los faros, pero mi rumbo es mío. Soy la tripulación que se sabe capitana. Y ahora lo sé: nunca se trató de inmortalizarme con el Santo Grial, se trata del viaje. Y lo estoy respirando instante a instante.
Salí del azul, pero sé que caer en él será necesario de vez en cuando. No todo puede ser amarillo, y ya no me voy a exigir ser rojo. Puedo latir sin estallar.
Todo lo que estaba buscando, "mi lugar", va conmigo a todas partes. Hoy puedo soltar el pasado que no puedo cambiar para abrazar lo que no creí que tendría:
El horizonte.
Con su desorden sublime.
Mi futuro.
Imperfecto, incierto, inquietante.
Pero es mío, y quiero vivirlo.






