Cuenta una leyenda que un día caluroso llegó al reino de los Sabinos un viajero extraño. Era un hombre desgarbado, con las articulaciones deformadas y la piel cubierta de ronchas supurantes. Caminaba con dificultad, aferrándose a su bastón y al escaso aire que entraba a sus pulmones.
El pequeño príncipe, que había escapado del castillo para retozar entre la naturaleza, lo vio avanzar por las vías del ferrocarril con dificultad, y corrió a socorrerlo.
"Ayúdame a descansar bajo el ahuehuete" le pidió el anciano al pequeño, y así fue hecho.
Bajo la sombra del protector coloso, el extranjero dio un alarido, y su cabeza muerta cayó sobre su propio hombro con los ojos muy abiertos. El niño se levantó de un salto, aterrorizado, pero no podía dejar de mirar al anciano, de cuya boca salió una poderosa y cegadora luz.
"Úsil, no temas, pues no te haré daño. Por el contrario, deseo premiar tu bondad con este hombre en penuaria. He creado un obsequio para ti: úsalo para sanar a quienes más lo necesiten, para que no sucumban ante tremulosos dolores."
En ese momento, la esfera de luz y el cielo se apagaron. El cuerpo del fallecido desapareció, y en su lugar emergió una flor amarilla. Úsil corrió a su hogar, aún temeroso, y le habló a su abuelo sobre lo que había sucedido.
"Debe estar disponible para quiénes más lo necesiten, Úsil. El rey no puede enterarse...tu padre podría agotarla intentando obtener juventud eterna". El pequeño obedeció, y la flor estuvo a salvo décadas, protegida de los animales por sus espinas, e invisible ante los ojos de los humanos por su simpleza.
Incluso ante la muerte de su padre, Úsil mantuvo su palabra, aceptando el principio y el fin de los seres.
Hasta que un día su hija Litza murió tras caer de un árbol. Úsil cortó una y otra vez, día tras día, la flor que emergía, y la untó en el rostro de la pequeña. El cuerpo de la pequeña seguía descomponiéndose, y el tiempo avanzando.
El dictador del reino de las Secuoyas aprovechó la inestabilidad de Úsil, e invadió sus tierras. Los sabinos cayeron sin rey que los defendiera, pues su rey estaba arrodillado, untando flor sobre muerte, día tras día, hasta que los pétalos se volvieron ceniza entre sus dedos.
La flor se agotó. Litza no despertó. El cuerpo de la pequeña siguió frío, y el tiempo, ese viejo cruel, siguió avanzando.
Al séptimo día, el dictador entró al cuarto. Esperaba hallar a un rey roto. Encontró a un padre. Úsil no alzó la espada. Alzo las manos vacías, llenas de espinas y de sangre seca.
"Llévatelo todo", dijo. "Ya me lo quitó la vida antes que tú."
Lo arrastraron del cabello hasta el ahuehuete. Ahí, donde todo empezó, lo obligaron a cavar. "Para tu hija", se burló el dictador. "Para que tu magia inútil la acompañe".
Úsil cavó. Y al enterrar a Litza, enterró también la última espina de la flor, la que había guardado sin saber por qué.
"Perdóname, abuelo", susurró a la tierra. "No entendí. El regalo no era para evitar el fin. Era para soportar el principio."
Esa noche, el dictador se proclamó rey de los Sabinos. A Úsil lo dejaron vivo como advertencia: un loco que hablaba con árboles.
Pero la magia no obedece a dictadores. No brotó juventud eterna. No brotó un ejército. El ahuehuete reverdeció con su alimento.
Año tras año, Úsil se sentó bajo él. No salvó el reino con guerra. Lo salvó caminando entre su gente con las manos espinadas, curando fiebres, cerrando heridas, sosteniendo a madres que, como él, no entendían por qué.
Los sabinos, en agradecimiento, colgaban cintas amarillas en el ahuehuete cada invierno. "Para no olvidar que el amor no acaba", decían.
Úsil murió anciano, solo. Su cabeza cayó sobre su propio hombro, igual que aquel viajero. De su boca no salió luz. Salió una última palabra: "Gracias."
Lo enterraron junto a Litza, bajo el coloso. Y esa noche, cincuenta inviernos después de la invasión, un niño sabinos con grilletes en los pies escapó y descansó exhausto, bajo su sombra.

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