Nunca te dije que me gustabas.
Nunca te conté que nos soñé jugando a las atrapadas en el pabellón, entre los alcatraces.
Pero creo que aún así, lo sabías.
Estaba en el comedor cuando entró la llamada, la de la mamá de Mariana. Le dijo a la mía que te habías ido, con un lujo innecesario de detalles.
"Se golpeó en la tráquea cuando estaba cayendo del puente. Se ahogó con su propia sangre."
Yo no sabía que era la tráquea. Pero sí conocía la sensación de ahogarse. Y en ese momento sentí el dolor en mi propia garganta.
Los detalles sobre por qué la ambulancia no había alcanzado a llegar no los escuché, en realidad no eran importantes.
"Te habías ido".
Yo no sabía que los niños podíamos morir.
Acostada en mi cama, boca abajo para que no me vieran llorar, escuché los pájaros cantar en el árbol afuera.
¿Ahí a dónde "te habías ido" también cantaban?
Las estaciones avanzaron, pero fue el verano más largo de mi vida. Cuando regresamos a clases encontramos tu botella, quería quedarmela pero la maestra dijo que era para tu mamá. ¿Ella para que la quería? Era un fantasma, al menos yo aún sentía algo.
Esa misma maestra dijo que había mucho silencio sin ti. Me dio gusto verla turbada, ella siempre te regañó demasiado. Decía que eras problemático, yo creo que sólo eras un pequeño tratando de adaptarse a la llegada de su nueva hermanita.
Yo estaba furiosa con todos, con todo. Fui tan cruel como para decirle a tu mejor amigo que ojalá hubiera sido él, y no tú. Después escribí cartas y cartas a Ángel, quien te vio morir. Creo que quería un antídoto al mal genio, una manera de sentirte cerca. Pero él era demasiado precoz, y no quería hablar nunca de ti.
Tal vez se sentía culpable por paralizarse. No me sorprendería, yo me sentí culpable una década atrapada en la idea de que autodenominarme Candy y llamarte a ti Anthony había sellado de alguna forma tu destino.
Los verdaderos culpables zanjaron todo con una indemnización, que no le devolvió el alma a tu mamá, y tirando el puente. Pusieron en su lugar una tirolesa. Me revolvía el estómago ver a gente reír donde tú habías muerto.
Yo por mi parte trataba de darte (o darme) un entierro. En la colinita del jardín de mis primos ponía piedras y flores, y me sentaba a preguntarme por ti.
Pasó el tiempo.
Después me volví a ilusionar con un chico, salió mal.
Nos mudamos.
Me volví a enamorar varias veces.
Ya pasaron casi 17 años de que moriste.
Me atrevería a decirte que encontré al hombre de mi vida.
Y probé hace unos meses la coca cola con helado de limón, como a ti te gustaba, sin recordarte.
Pero hoy con la pregunta "¿Cuál es el recuerdo más triste de tu infancia?" no pensé en mi abue en su ataud, no pensé en la puerta cerrada que tan bien representaba a mi padre... pensé en ti.
He vivido lo suficiente para entender y aceptar que la vida es injusta, que la muerte es aún más injusta. Pero sólo tenías 6 años.
Quiero pensar que habrá una respuesta a la pregunta ¿Por qué? Y que tú estás en paz, donde quiera que estés.
Tal vez tu destino siempre fue ser un niño travieso, y allá en el firmamento ahora a quien molestas es a Dios. O tal vez es otra explicación enclenque, un intento de consuelo, para una muerte absurda.
Seguramente estás mejor que cualquiera de los que nos quedamos, de los que te conocimos.
Sólo quería que supieras que esa niña que convivió contigo sólo dos años, a esa a la que le lanzaste muchos proyectiles, todavía se acuerda de ti a veces.
De alguna forma seguiste viviendo hasta este momento. Ahora puedo recordarte con el nombre correcto, el que pertenece al niño real que existió.

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