"Tiempo, detente muchos años", solemos suplicar, porque es más fácil que hacer un buen uso de él.
Creo que suele pasarnos como a los personajes de Juan Villoro en *El té de tornillo del profesor Zíper*: vivimos inmersos en un instante, y cuando salimos de ese bucle y volvemos en sí... ya han pasado décadas. Nuestro cuerpo envejeció, muchas oportunidades se fueron, y cada vez el mundo es un lugar más extraño sin las personas que solíamos conocer.
"Mirando más allá de las cenizas, de los puentes resplandecientes detrás de nosotros... un vistazo de cuán verde era." Mason y Gilmour plasman cómo la juventud se ha ido en un parpadeo: cerraste los ojos en el transporte público por un momento y ahora estás en medio de la carretera, muy lejos de tu destino. Sabes dónde debiste bajar, pero no hay tiempo para arrepentimientos: ahora debes averiguar a dónde puedes ir.
"El Sol es el mismo de alguna manera relativa; pero eres mayor, te falta el aire... y estás un día más cerca de la muerte." Porque entre trivialidades y pasividad estuvimos esperando a que alguien nos indicara el camino a seguir, un pistolazo de salida... cuando en realidad la señal siempre fue el tic tac del reloj.
Elisabeth Kübler-Ross sostiene que no es posible morir bien sin haber vivido bien; y que, si amamos y somos amados de la mejor manera, entonces la muerte no tendría por qué atemorizarnos: no significaría nada. El amor es capaz de anular a la muerte como la conocemos, como final. La podríamos concebir como una mudanza o una migración, y a nuestros seres amados en una lejanía muy cercana.
Toda mi vida he pensado mucho en la muerte.
La odié a los siete años, con su representación de calaca encapuchada, cortando con su guadaña el hilo de vida de Girard, mi compañero de clases. La deseé a los diecisiete porque parecía la única salida a mi dolor.
Hoy intento aprender a aceptarla tal y como es: grotesca, violenta, determinante.
Leer sobre sus bondades descritas por Saramago me hizo entenderla como sumamente necesaria, parte del equilibrio... pero aún la temo.
Temo que no haya nada más al otro lado.
Temo al dolor, porque solo los de la clase alta tienen el privilegio de marcharse sin agonizar.
Temo al olvido, a la insignificancia.
Y me aferro a la única verdad que me consuela: el amor es trascendencia.
La muerte puede arrasar transformando todo, pero el amor perdura siempre en un rinconcito del universo.
La única inversión real del tiempo es amar: a las personas, a la naturaleza, al arte. Amar desde la concepción de Erich Fromm: amar respetando, comprendiendo, perdonando, cuidando, creando.
Porque donde el tiempo fluye, la muerte marchita, pero el amor encuentra siempre dónde florecer.

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