Y como primer acto de amor,
amor genuino,
te miré y te entendí.
Entendí que más que un astro
más que un símbolo,
eres un ser humano completo
vasto y bello en su complejidad,
con sus matices,
con sus errores y aciertos.
Entendí por qué me dijiste
que te habías sentido juzgado por mí:
que en un intento de enmendar lo que hice mal,
me he empeñado en ser un ideal moral,
y en medir desde ese imposible también a otros.
Entendí que tienes todo el derecho a ser humano
a tomar tus propias decisiones,
a andar tu propio camino,
a tener tus propios anhelos y miedos,
a ser dueño de ti.
Vi tus heridas,
y sentí rabia con el mundo
y sobre todo, conmigo.
Porque quisiera volver atrás a ese momento
en el que te hicieron esa cicatriz en el brazo
y evitarlo.
Quisiera volver al momento
en que lastimaron a tu pececito
ese emblema de tu inocencia,
y protegerlo.
Quisiera haber estado
en cada uno de los momentos en los que te sentiste
solo,
incomprendido,
abandonado y rechazado.
Y quisiera especialmente
no haber sido yo la causa de ese dolor.
Podría pasar toda la vida coleccionando hubieras,
repasando errores,
remarcándolos con fuego en mi propia piel,
pero hoy decido mirar tus cicatrices,
y dejar de huir a las realidades alternas,
mirar tus heridas, aunque duela.
Hoy miro tus heridas
y decido aceptar
que tengas miedo de que la persona que te hirió de muerte
sea quien las limpie,
que no quieras, ni creas, que pueda curarlas.
Hoy te miro, amor
miro en mi memoria tus ojitos heridos
miro tu corazón lastimado
y los miro con respeto,
porque jamás se volvieron de piedra.
Miro tu corazón vendado,
tus ojos inefables,
sin desear enjaularlos
sin pretender obligarlos a fingir que no pasó nada, amor.
Te herí,
y tienes derecho a estar herido,
a desconfiar,
a sentir enojo,
a sentir miedo.
Te herí,
y aunque quisiera todos los días
inventarme mil nuevas maneras
de darte alegrías,
hoy entendí que esto no va de mí:
con mi culpa tengo que lidiar yo,
el perdón me lo tengo que dar yo.
Es justo que necesites tenerme lejos,
tus procesos son sólo tuyos.
Exigirte amor y perdón,
cuando tú ya dejaste implícito tu nombre en esas palabras;
exigirte que vuelvas,
cuando mereces habitar los espacios y los momentos
que llenen tu corazón;
exigirte mi resurrección con tu elección,
cuando soy yo la que tiene que elegirse y reinventarse;
eso sólo lo hace mi ego.
Hoy me miré a mí también,
miré mi alma,
esa que te ama
desde el amor puro que tú le enseñaste
y entendí que mi prioridad,
la prioridad,
es que tú estés bien,
a tu tiempo,
a tu ritmo,
a tu manera.
Hoy te miré,
te miré de verás.
Miré tu inmensa de capacidad
de ser fuerte sin ser duro,
de ser valiente aún con miedo,
y confío en que podrás
ser genuinamente feliz
sin importar las vicisitudes de la vida.
Porque eres el Conde de Montecristo
recuperando su libertad,
eres el Sol rebelde
emergiendo entre las nubes de tormenta.
Porque hoy
como primer acto de amor genuino,
te miré de verás
sabiendo que siempre serás amado,
por mí y por muchas personas más,
por ti mismo,
y encontrarás tu camino
cualquiera que sea.
Como primer acto de amor
me arranqué
los celos,
los miedos,
las culpas
la necesidad de que me elijas...
todo lo que me ataba a mí,
y me alejaba aún más de ti.
Y me di cuenta
de que tú
fuiste más que mi más bella serendipia:
Tú eres el creador de serendipias.
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