Fromm escribió que el hombre moderno “existe para todo, excepto para sí mismo”. Que la sociedad lo ha enseñado a perseguir éxito, dinero y prestigio bajo la ilusión de que eso es su propio interés, cuando en realidad lo aleja de su ser.
Yo quiero ser libre de ser yo misma.
Aunque mi empleo no es muy remunerado, me permite pagar las cuentas, comer bien, solventar gastos médicos… y, sobre todo, me regala atardeceres y pensamientos que se pierden en cualquier tema.
Lo más valioso de mi trabajo es ser parte de algo más grande que yo: un eslabón para que alguien, mucho más inteligente y habilidoso que yo, sane a muchas personas. Mi sueño más ambicioso es hacer algo similar algún día.
Sí, habría sido divertido y valeroso ser periodista: viajar por el país, dar luz a lo que está en las sombras, dar voz a quienes no la tienen.
También me habría gustado ser maestra de inclusión educativa: decirles, con paciencia y amor, a muchos niños que, aún fallando, aún siendo distintos, tienen un lugar imprescindible en el mundo.
Ser fisioterapeuta lo descarté desde bachillerato: mis pocas habilidades para la química y la fisiología pesaron más que mi anhelo de aliviar el dolor de espalda de mamá.
Y hablando de mamás… carajo, sí: me habría encantado ser mamá algún día, aunque tal vez ya no me alcance el tiempo.
Quizá nunca tuve opción de ser alguien más.
Tal vez mi historia y mis raíces exigían, a gritos silenciosos, que me convirtiera en psicóloga; que sanara lo suficiente mi alma como para estar en posición de observar y encaminar a otras almas hacia la sanación.
Me muero de miedo de no hacerlo bien, pero creo que cada anhelo frustrado también me dará sensibilidad hacia quienes sienten que no encajan o que no pudieron ser lo que soñaban.
No aspiro a un Pulitzer ni a un Nobel de Literatura.
Tampoco quiero viajes en avión de primera clase.
Mi honor será estar en un pueblito mágico o en la playa más cercana, recibir un mensaje urgente de una consultante y saber que podré tomar esa llamada, o incluso lanzarme hacia donde esté.
Estoy segura de que la mejor casa será el hogar que mi mamá y yo logremos terminar de pagar: un lugar del que nadie pueda sacarnos, porque será nuestro, porque será emblema de todo el esfuerzo y la esperanza compartidas.
No quiero sonar arrogante; sólo quiero abrazar, con aceptación y amor, mi presente y mi futuro… dejar ir en paz al pasado, con sus errores y sus decisiones chungas.
Hace unos días veía un gameplay de Life is Strange: Double Exposure y comprendí que no siempre viajar en el tiempo y entre realidades diferentes es la mejor idea.
Creemos que la mejor realidad posible es aquella en la que hicimos todo lo correcto, pero ¿sirve pensar demasiado en ella si no está a nuestro alcance, si quizás ni siquiera existe?
La mejor realidad en nuestras manos es el ahora.
Y yo estoy sumamente agradecida por ella: por tener un cuerpo más o menos sano, por mi familia chiquita y rota, por los recuerdos que me hacen ser yo… pero más aún por las decisiones que aún me quedan por tomar, y que sé por cuál brújula estarán guiadas: aportar mi granito de arena aparentemente insignificante, pero que en realidad es el aleteo de una mariposa.
Aspiro al legado que da la libertad de amar, de vivir a través de todo lo que he amado, amo, y amaré.
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