Papá, hoy cuando al verme me abrazaste sentí que el alma se me caería a los pies...pero por primera vez sentí que, de ser así, tú la sostendrías.
Cuando cruzamos la calle de esa manera tan imprudente sentí temor, pero sólo por un momento porque sabía que me protegerías aún si fuera con tu propio cuerpo. Pensé en todos los pasos inseguros, sin rumbo, tambaleantes que he dado a lo largo de mi vida...y tu ausencia de todos estos años se hizo más evidente, pero a la vez tu presencia hoy fue más fuerte, más valiosa.
Papá, hoy que me mostraste las fotos que llevas en la cartera, vi mi propio rostro alegre a los 4 años, antes de que te fueras. Después vi mi rostro a los 6, totalmente distinto y sentí una punzada por un instante "¿Por qué me dejaste, papá?"
La respuesta llegó con la tercera foto: tú a los 6 años también, con la mirada más triste que he visto jamás, anhelante de un refugio en medio de tanto dolor. Sólo me dijiste "Ya empezaban a pasar cosas duras en aquel entonces" y al ver tus ojos verdes cansados, más de cincuenta años después, sé que ese pequeñito asustado sigue ahí, esperando un abrazo, esperando que alguien le diga que todo va a estar bien. Perdóname, papá... perdóname por juzgarte tanto, por odiarte tantos años sin siquiera intentar entenderte.
Pero ¿Sabes una cosa? Me encantó escucharte contar esa anécdota de cuando nos llevaste a la escuela...no importa que todo lo que tengamos sean un par de recuerdos: hoy construimos uno más, uno que atesoraré más porque este sí lo recordaré muy bien, porque en este te veré con verdad sin idealizarte.
Me gustó nuestro tour de iglesias a falta de museos, y que me explicaras cómo se hacen los vitrales y los murales, y los nombres de los santos que ni cuando era católica me interesaban. Sigo siendo esa niñita que te admiraba tanto, tanto, papá...
Perdóname por decir que Pollo me caía bien, pero es que él me ayudó a hacer tarea de matemáticas, jugó conmigo al futbol que tanto odias, se puso celoso de mi primer novio...no puedo evitar estar eternamente agradecida. Tú me dejaste por dudar que llevaba tu sangre, pero él aún con esa certeza cuidó de mí. Sé que te traicioné al llamarle "papá", pero creí que tú no querías que te llamara así...hoy por fin entiendo que no estabas listo, y te perdono por no poder estar, papá.
Hoy caminé de tu mano y el mundo se sintió más seguro, y yo no podía sentirme más orgullosa. Fui como el perrito que anduvo perdido, y cuando su dueño lo encontró y lo sacó a pasear, caminó con el pecho hinchado de orgullo luciendo su correa. Quería que todos nos vieran, quería gritarle al mesero y a todo el mundo "¡Este es mi papá! ¡Mira! ¡Sí tengo, sí tengo! ¡Es él! ¡Es él!"
Sé que esto comienza a sonar victimista y no quiero arruinarte la noche ni el post cumpleaños, de verdad. Es que siento que necesito sacarlo, es que quisiera que estuviéramos listos para tener esta conversación.
Pero está bien si no lo estás, papá.
Está bien si hoy tú también te morías de nervios por dentro.
Está bien si no eres ese hombre de acero que siempre has intentado ser.
Está bien si aún estoy enojada contigo por haberle pegado a mamá, por no haber venido a verme cuando Jesús me pegó.
Está bien si aún te culpo un poquito de perder al hombre de mis vidas por estar buscándote en todas mis parejas.
Está bien si nos tocaste de una manera inapropiada a mi hermana y a mí...porque me duele aún más pensar que alguien te hizo eso o algo peor a ti.
Esta es nuestra historia, y quizás tenía (teníamos) que ser así. Abrazo mis pasos, mis errores. Y abrazo los tuyos.
Hoy entendí que tal vez para tratar mis rencores y para que tú seas un padre no se trata de psicoterapia. Tal vez sólo necesitaba ver tu dolor plasmado en blanco y negro para entenderte. Tal vez sólo necesitaba que te sentaras conmigo en esa banquita en Santo Domingo, donde lloré tantas veces sola, para sentir que me entiendes.
Tal vez sólo necesitamos un poco de amor, papá. Saber que esta vez no te irás, y que sepas que te comprenderé y te aceptaré tal y como eres.
Te perdono, papá. No del todo, pero cada vez un poquito más. Tengo muchos huecos, pero con la ternura con la que me miraste y acariciaste mi cabeza hoy, me regalaste una pieza y uno de ellos se llenó para siempre.
Perdóname, papá. Sé que puedo ser la hija menos interesante, que me parezco demasiado a mamá... sé que si volvieras atrás en el tiempo cambiarías todo y yo no existiría.
Pero tengo tus ojos, papá...
Y quizás, tenía que ser así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario