Me apasiona que la vida tenga aún cosas inexplicables, y pensar que, quizás, algunas ni siquiera se ha atrevido la ciencia a explorar porque prefiere que continúen así: mágicas y peligrosas.
Me vibra el alma de imaginar los lugares que visitaré, las personas que conoceré, los conocimientos que adquiriré y cómo impactarán en mi cosmovisión. Me emociona la idea del mundo moldeándome y yo a él a mi paso:
Hacer ángeles de nieve, pero también la revolución.
Ver estrellas fugaces, fuegos fatuos y auroras boreales; pero también abrazar y cuidar los colores de mi cotidianeidad.
Conocer personas de todas las edades, religiones, filosofías... y aún así, reafirmar que quiero seguir descubriendo y redescubriendo con inagotable curiosidad a la misma.
Me enamora el amor, sin importar si nace de la flecha de Eros o de reacciones bioquímicas en el cerebro. Su génesis queda en último plano cuando veo cómo mueve al mundo y transforma almas.
Me apasiona el azar, o al menos esa forma que tiene el destino de disfrazarse de algo fortuito.
Me sorprende la psique humana, compleja y contradictoria: haciendo malabares para responder preguntas, aún sabiendo que las respuestas generarán más y más preguntas; enfermando en su fragilidad, y sanando en su dinamismo.
Me encanta la metacognición: saber que pensamos, y que porque pensamos existimos y entonces experimentamos la vida, ese milagro que a veces confundimos con error cuando nos abruma su vastedad agridulce.
Me apasiona ser capaz de percibir mis latidos, el aire entrando a mis pulmones, incluso mi cuerpo envejeciendo cada día... me apasiona todo aquel aviso de que la vida es finita, y aún así llena de posibilidades.
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