Escribo aunque sé que las palabras quizás para ti no tienen sentido. Es mejor eso que llenarte las orejas de mocos y robarte tu poca paz.
Escribo porque no sé qué hacer, busco respuestas porque esta vez me toca ser la fuerte y no sé cómo.
Pareciera que todo cambió de ayer a hoy, pero en el fondo sé que eso no es cierto. Lo supe con temor y enojo desde que vi a la polilla en la pared, a unos centímetros arriba de ti. Tu riñón fallando hace dos meses fue un aviso, incluso las radiografías desde que eras cachorrito y llegaste a casa ya presagiaban todo lo que seguiría.
Tú no lo sabes, pero la veterinaria le dijo a Mariel ante tu infección estomacal "No compren plaquita, mejor no adelantarnos" y ella se encabronó y te la compró de todos modos. Y te quedaste a sanar, para aliarte con Hanna y corretear a Luna juntos. Te quedaste a masticar los tacones de mamá, las paredes de la cocina, y la esquina de la mesa de centro. Te quedaste a hacernos reír con tu Patricio Estrella (porque nunca te dejamos reproducirte con una perrita de verdad) y a hacer a Mariel levitar como papalote porque empezaste a crecer por día, y no medías tus nuevas fuerzas de potro desbocado cuando salíamos a pasear.
Si tuviera que quedarme con un solo recuerdo tuyo me quedaría contigo corriendo loco de alegría en esos sembradíos de Santa Cruz Nieto, con tus orejas tan grandes al aire que no se sabía si eras igual o más orejón que Hanna, con la luz dorada del sol haciendo tu pelaje más brillante todavía.
Creo que has tenido la mejor vida que pudimos darte, que Mariel pudo darte. Debes haber viajado a más lugares que la mitad de los perros, y haber probado más comida que la mayoría de ellos. Y espero que ella se quede en paz con eso cuando el momento llegue, que pueda aferrarse a eso, pero ojalá Dios nos dé una segunda oportunidad y que ese momento no llegue tan pronto.
No sé qué va a pasar. No sé si los análisis salgan bien, y puedan operarte. No sé si será peor que puedan a que no puedan. No sé si entrarás a quirófano sin salir de él. Duele mucho lo que pasó hoy porque es enfrentar la realidad: los años siguieron pasando sobre tu cuerpo, y ya no eres ese cachorro que podía correr atrás de la pelota una y otra y otra vez. Duele mucho verte con una patita colgando, con el ceño fruncido, con los ojos de por sí de gotita goteando. Sólo puedo prometerte que no vamos a permitir que sufras, que así como has cuidado de ella estos diez años, trataré de hacerlo yo.
Y decirte: gracias.
Por los momentos que ahora son recuerdos, que siempre serán en las fotos, los videos, las conversaciones sobre ti y la memoria.
Gracias por tus pelos amarillos ensuciando el piso que intentaba mantener impecable porque me hiciste darme cuenta de que era una neurótica.
Gracias por tus lengüetazos en la cara cuando lloraba, que no sé si eran un intento de consolarme u otra de tus degustaciones, pero lograban ser eso primero.
Gracias por tu bondad, tu inocencia que muchos confunden con bobería pero que yo creo que es lo más hermoso de ti: tu manera de vivir en tu propio mundo, donde los problemas los lanzas volando agitando la cola, donde todos los humanos merecen un saludo, donde nadie puede hacerte daño. Me ayudaste a recordar que de pequeña yo era así.
Gracias por salvar a Mariel de tantas cosas a través de tu amor. Eres un ángel, uno muy sucio, pero en verdad llegaste a recordarnos cómo se debe amar. Cuando veas a Hanna, por favor dile que ella fue el mío, y que lamento mucho que ella me enseñara porque lo que más quisiera es ya haberlo sabido para amarla mejor. Dile que la extraño cada día, y que fue el mejor regalo de Reyes atrasado que la vida pudo haberme dado.
Gracias porque estoy escribiendo esto llorando y sonriendo a la vez. Contigo siempre ha sido todo así, Shadow: llanto, alivio, y risas. Por favor que esta vez también sea así. Todavía no estamos listas para dejarte ir.
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