Me habría gustado ser tu madre y cargarte en mi vientre, alimentarte con mi propia sangre y arrullarte con mis latidos. Acunarte en mis brazos, mirarte, y saber que jamás volveré a crear algo más sublime. Reírme de alegría la primera vez que te escuche decirme "mamá", fruncir el ceño con enojo la primera vez que alguien te rompa el corazón, y llorar de admiración cada vez que te vea graduarte.
Me habría gustado ser tu padre y llevarte de la mano con ternura y firmeza a la vez, para hacerte saber que no tendrás que pasar por los retos de la vida solo. Mandarte a lavarte los dientes, pero también jugar contigo los videojuegos cuando termines la tarea. Cargarte sobre mis hombros y darte consejos sobre mujeres, y cuando ya estés de mi estatura o más alto, decirte que olvides absolutamente todo lo que te dije y sólo recuerdes una cosa: paciencia infinita.
Me habría gustado ser tu hermano o hermana, discutir contigo por quién se come la última galleta, y después pedirte disculpas para que me sigas enseñando a andar en bici o a resolver ese extraño problema de matemáticas o a jugar juntos con legos. Crecer contigo en la igualdad de la reconciliación, en el aprendizaje compartido.
Me habría gustado ser tu mejor amigo, juzgarnos mutuamente, pero al final del día estar ahí para escucharnos. Rayarte la cara mientras duermes y tomarte fotos con las que haré memes o stickers, pero demostrarte que en todo lo demás sí puedes confiar en mí. Ser tu leal brazo derecho, tu escudero.
Me habría gustado ser la mujer que te preparara el café por las mañanas (aunque tú siempre fuiste el mejor para eso), la que te escuchara con atención quejarte de lo desesperante que es la gente en tu trabajo, y la que te escuchara con los ojos brillando de ilusión hablar de tus más grandes sueños.
Pero me tocó ser la adolescente que te entregó su cuerpo, llena de inseguridades y también de deseo por ti. Me tocó ser la mujer que bailó contigo en tu terraza "Harvest Moon" como un intento de despedida, aunque jamás quise realmente irme. Te fallé en el rol que me correspondía. Nada me preparó para el privilegio de ser tuya, y acabé con el amor que habíamos construido.
Me tocó ser la mujer que sueña contigo en la vigilia y en las fases REM, buscando ventanas entreabiertas por las que el viento te lleve mis pensamientos, buscando puentes hacia lo que nunca fue...a realidades alternas donde hice todo diferente y tu cálido abrazo no se disuelve al despertar.
Seré la que vivirá con tu recuerdo en el corazón siempre, como guía y como espejo, como el padre y el hermano mayor que no debiste ser para mí pero aún así fuiste, como el amigo más leal y sincero que tuve y tendré jamás, como el hombre de mi vida y el amor inconmensurable que me acompañará hasta que la memoria se extinga.
Y tú debes saberlo:
Te mereces ser reconocido todos los días como un amanecer milagroso, y la libertad de ser tú mismo.
Te mereces apoyo para construir tus sueños, y besos en los ojos que te devuelvan la calma cuando las lágrimas aparezcan en días difíciles.
Te mereces una mano amiga en la que confiar, una que te levante del asfalto y te recuerde que nunca estarás solo.
Te mereces momentos de risas, de descanso y de juego en los que puedas permitirte la alegría que siempre estuvo destinada para ti.
Te mereces aplausos y reconocimientos llenos de aprecio por cada una de tus facetas, por cada uno de los logros que te hace único.
Te mereces cartas de amor escondidas en el bolsillo de tu chaqueta que te recuerden que tu presencia es un regalo.
Te mereces caricias que te hagan saber que tu cuerpo es un tesoro más buscado que el Santo Grial, digno de reverencia, deseo, y ternura.
Te mereces todo el amor que has dado multiplicado, devuelto en abundancia, para que nunca dudes de lo que eres: un ser digno de ser amado en todas las dimensiones y realidades posibles.
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