Diría que para amarte sólo necesito el aire que respiro, pero en realidad sé que incluso después de exhalar mi último suspiro seguiré amándote. Sé que te amaré el resto de mis vidas.
Tú me enseñaste que amar se hace cuando menos lo merezcamos y más lo necesitemos; que amar es dar sin que te lo pidan y sin esperar nada a cambio.
Tú te adueñaste de las mejores y más hermosas canciones de amor, y me diste recuerdos dignos de una película para proyectar en repeat en mi mente y mi corazón. Te siento en todas las calles que recorrimos juntos, en nuestro parque, en nuestra cafetería, en tus cartas que son mi mayor tesoro...pero sobre todo, te encuentro en el sol: en su toque siento tu abrazo aún en los días más fríos.
Tú me enseñaste a darle un significado a las estrellas, y a encontrar mi lugar entre ellas. No sabes cuánto lamento haber sido una estrella fugaz para ti, y más lamento aún no haber cumplido el deseo que pediste.
Cuando le pregunté a Dios si eras tú, se las arregló para contestarme que sí aunque él y yo no nos llevemos muy bien. Ahora me pregunto cómo pude dudarlo, estando tan claro: tú también eres mi Roma, todos mis pasos me han llevado de vuelta, una y otra vez, hacia ti.
He pasado casi dos décadas buscando un espacio seguro en el que echar raíces y sentirme cobijada. Ahora sé que ese lugar seguro soy yo, amando cada pequeña cosa que te hace ser tú, amándome a través de todo lo que tú me amaste.
Sé que tal vez nunca vuelvas...y está bien, miaumorcito. Yo soy feliz mientras sepa que existes, en alguna parte del mundo donde estés abrigado con amor, y que eres feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario