lunes, 18 de agosto de 2025

La voz que vuelve

A partir de un sueño profundamente simbólico, hoy desperté con ganas de quejarme, de maldecir a quienes, desde su posición de poder, no hacen nada por sanar al mundo.

En el escenario onírico, regresaba al auditorio de la universidad que dejé atrás. En el escenario, bien instalados en sus escritorios, dos periodistas entrados en edad escribían con furia desmesurada sobre una pésima colaboración escénica estudiantil. Tenían computadoras de última generación y enormes enciclopedias, pero usaban todo ese conocimiento para criticar lo banal.
Yo, desde abajo, les gritaba que en vez de atacar a estudiantes de Comunicación por no ser los mejores actores, deberían usar sus habilidades para iluminar asuntos políticos. Los llamaba traidores a la patria y a su profesión. Me marchaba furiosa, mientras ellos hacían oídos sordos y seguían tecleando con rabia ilógica.

En el vestíbulo, debajo de las escaleras, me topaba con un estudiante inseguro y tartamudo que me pedía, por favor, unirme a las reuniones pro Palestina. Le dictaba mi nombre de mala gana, y él lo escribía mal. Me parecía irónico que dudara tanto al escribir un nombre de origen árabe. Me dirigía entonces a los baños, sólo para descubrir a mi ex pareja (que en el sueño aún era mi pareja) engañándome. Otra vez.

Desperté furiosa, pensando que la traición está en todas partes, incluso en los lugares más íntimos.
Desperté desesperanzada, recordando por qué dejé de creer en el periodismo, por qué renuncié a ser una de ellos.
Y ahí llegó el insight: estaba juzgando duramente a mis ex colegas por no atreverse a denunciar el dolor del mundo, cuando yo había renunciado a mi propia voz aún antes de ejercer.
Todo por una amenaza a medias durante una cobertura en mi servicio social. No me atreví a publicar la nota, aunque la universidad juró respaldarme. El miedo me mordió la garganta. Me paralizó.

¿Cómo puedo ser tan dura con los periodistas, cuando sé por qué escriben notas ridículas de farándula?
¿Cómo puedo seguir resentida con mi ex, cuando yo cometí sus mismos errores con otra persona, y sé desde qué herida actúa?
¿Por qué me río del estudiante activista de mi sueño, si él está haciendo más por Palestina que yo?

Quiero recuperar la voz que el miedo me arrebató.
Quiero perdonarme por no haber publicado aquella nota, por no haber defendido ni nombrado a las mujeres que me confiaron su historia.
Ahora su historia vive en mí como una deuda sagrada, y lamento no haber sabido honrarla.

Quiero cerrar mis ciclos con compasión, abrazando la sombra del hombre que me hirió, y la mía propia que hirió a alguien más.
Agradezco a quienes han sido parte de mi camino, incluso desde el dolor, porque me han mostrado lo que aún debo sanar.

Quiero reconciliarme con mi deseo de justicia, aunque no sepa por dónde empezar.
Aprender a ser útil, a ser justa, a ser aliada desde el compromiso.
Porque el nombre de mis causas es también el mío, cuando me atrevo a luchar.

Mi abuela solía decir: “Querer es poder.”
Mi hermana retoma esas palabras con dolor, diciendo que a veces la voluntad no basta.
Que la voluntad de mi abuela Pilar fue inmensa, y aún así, el cáncer fue más fuerte que ella.
Yo pienso que sí… es verdad: la voluntad no es omnipotente.
Pero vale la pena perder la batalla sabiendo que luchaste hasta el final, con todas tus fuerzas, por lo que amas.

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