jueves, 6 de junio de 2024

Prólogo: Azul


Perdiéndose en la inmensidad turquesa, el velero se hunde llevándose consigo a los tripulantes. La niña, con arena hasta los tobillos, sólo observa la escena desde la orilla: sabe que es demasiado tarde, que ya no hay nada que pueda hacer. Con las manos se cubre los oídos para no escuchar los gritos de auxilio, tan tronadores que ni siquiera el feroz oleaje es capaz de acallarlos.

Una gota de sangre cae sobre la arena, y es ahí cuando la pequeña deja desprotegida una oreja para limpiarse la nariz.

—¡Andrea! ¡Andrea!

Al ver el mar enrojecido, la niña piensa que está sangrando demasiado y siente miedo de morir. No sabe que el sol, al perecer a la par que los tripulantes, está tiñendo de borgoña al océano. Por la espalda, su madre ha llegado, hecha una furia.

—¡¡Andrea!! Pero ¿Qué haces aquí sola? ¿Qué te pasa?

La pequeña la mira enfurruñada, con las mejillas empapadas de lágrimas.

— ¿Por qué no me contestas?

—Mi nombre es Azul.

—Andrea, no es momento de juegos. Vámonos ya.

—Soy Azul. Pregúntale a Abuelita.

Su madre la toma en brazos. El enojo se ha diluido, soltando las pinzas que mantenían su ceño fruncido y su barbilla en alto. Su rostro completo se ha caído como si fuera una máscara de piel sintética vieja, desgastada.

—Tu abuelita está muy grave…por eso tenemos que irnos ya, para alcanzar a verla antes de que se vaya.

—¿Irse a dónde?

Ana se ha quedado muda, no encuentra palabras para explicárselo…decirle que al cielo sería meterse en apuros porque Azul empezaría a preguntar si van a convertir a su abuela en nube; decirle que con Dios…peor aún, dejaron de llevarla a las misas de los domingos porque no paraba de cuestionar a la Santísima Trinidad.

—Muy, muy lejos, corazón.

— ¿Lejos como de aquí a…la escuela?

—No, corazón.

Ana emprende el camino con su hija en brazos, estrechándola contra el corazón que late tan fuerte que hace a su cuerpo completo temblar. Sus piernas se vuelven de granito, se funden con la arena. Ana se deja caer al suelo de rodillas y abraza con todas sus fuerzas a la niña. Ana siente entonces un temblor añadirse al suyo, el de la pequeña. Le acaricia el cortísimo cabello con las manos, de abajo hacia arriba como si así pudiera sacarle la tristeza. Azul se da cuenta de que abuelita será como su velero…inalcanzable.

    Tan lejos como…desde el fondo del mar hasta el espacio exterior, Azul.

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