Me celebro, porque para la vida y para el amor se necesita coraje, y yo he sabido ser valiente.
Cuando mi mente me susurra que huya, yo me aferro a mis raíces y decido quedarme:
por los ojos que me han mirado con ternura y paciencia,
por el dolor que no quiero sembrar,
por el amor que aún me queda por entregar.
Valoro los cinco años de trabajo,
cada jornada que me enseña a ir más allá de lo evidente,
cada paciente como un espejo que me recuerda
que ninguna profesión ni oficio es mediocre
cuando se ejerce con pasión.
Abrazo mis fotos torpes,
las entrevistas donde mi voz tropezó,
las notas pequeñas que nacieron de mi pluma tomando fuerza.
Aprendí que las palabras no importan por su brillo,
sino por su poder de sanar.
Honro mi valentía de soltar una carrera que ardía en mi pecho,
para abrazar otra que me permite sembrar esperanza.
Mi solidaridad con Palestina es más fuerte que mi deseo de música,
mi empatía por los animales más honda que el sabor de la carne.
Aplaudo mis pequeñas revoluciones:
no alimentar al algoritmo con mi hambre de aprobación,
no pintar mi rostro en una época
donde hasta la pobreza se disfraza con botox.
No soy la más informada sobre genocidios,
ni la más ejemplar empleada,
ni la más radical vegetariana.
Soy apenas alguien que intenta,
y que se enorgullece de sus intentos.
Me han llamado puritana,
básica que intenta ser “única y diferente”.
Pero lo que otros nombran superioridad moral,
yo lo reconozco como mi manera más válida de existir.
Y me celebro, porque en cada uno de mis intentos florece mi manera más valiente de vivir.
Y me celebro, porque en cada intento florece mi manera de existir,
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