Reclamo mi derecho a existir y a hacer cosas que me hacen feliz. Me he enfrentado a quienes me decían que no, incluyéndome, y lo haría las veces que sea necesario.
Hoy abrazo la complejidad de la vida, de las personas, la mía propia. El Yin y el Yang, la vida y la muerte, son parte de la magia: sólo en la oscuridad la luz es más brillante.
Reconozco mis sombras como, de cierta forma, necesarias.
Acepto con dignidad y sin rabietas que no puedo cambiar el mundo, tan sólo una parte muy pequeña de mi propio mundo, y a mí misma. Tal vez justamente la única forma de acercarse a las utopías es reconocerlas inalcanzables.
Acepto que convivan el placer y el dolor, la alegría y la tristeza, el amor y el odio, la levedad y la gravedad, en toda la experiencia humana.
Acepto que la humanidad puede ser un monstruo con corazón, y un corazón sin cuerpo para ser acción.
Acepto el reto de aún así seguir inclinando la balanza a lo que considero correcto: encontrar el equilibrio entre vivir para servir al otro y entre vivir plenamente para uno mismo. Lo acepto cada vez con menos miedo.
Acepto la vida sin sus certezas, con las millones de dudas que alimentan mi curiosidad.
Qué privilegio ser una hormiga en el universo.
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